
La habitabilidad de la nada: el PP de Murcia y su modelo de ciudad más habitable
Hasta hace nada, el gobierno del PP, que maneja los asuntos del Ayuntamiento de Murcia con puño de hierro desde la Glorieta de España, se negaba a instalar cambiadores inclusivos en edificios públicos, destinados a personas con discapacidad severa, ostomizados o menores con grandes necesidades de apoyo.
Hoy, sin embargo, lideran el cambio hacia un modelo de ciudad más habitable a través de la mesa del Plan General Municipal de Ordenación, ‘Espacio Urbano y Ciudadanía’, que se resume en la celebración de una jornada en la que han abordado aspectos como la accesibilidad universal o la movilidad peatonal y ciclista, entre otros asuntos.
Pero fíjense ustedes, que yo sé que en estas cosas se fijan, que nunca hablan de liderar el cambio hacia un modelo de ayuntamiento más habitable. Jamás. No les sale de la boca hablar del conjunto ni en un descuido.
Para Rebeca Pérez y su cuadrilla lo importante es el centro del casco urbano de Murcia, el resto somos tierra quemada.
Dicen que esta nueva mesa forma parte de un amplio proceso participativo que el Ayuntamiento viene desarrollando desde hace meses y que ya ha incorporado estudios técnicos especializados, una consulta ciudadana con un millar de encuestas, entrevistas a agentes clave y diferentes espacios de reflexión colectiva.
Las hipérboles de siempre.
Lo de la “reflexión colectiva” es una idea que les ha quedado muy chula, diríase que inspirados en el estudio de la más alta filosofía, pues es un tema este, el de la reflexión colectiva, que en filosofía aparece con distintos nombres y enfoques, pero casi siempre con una tensión de fondo: la promesa de lo común frente al riesgo de que lo común diluya o maquille el poder real de decisión.
Y es cierto que desde muy pronto, con Aristóteles – zoon politikon, la política se entiende como algo que se construye en común.
La ciudad (polis) no es solo gestión, sino deliberación.
Hablar y discutir en común mejora la decisión.
La verdad práctica surge del intercambio.
Aquí, la reflexión colectiva, si es esto a lo que se refieren los populares, es positiva por definición: la comunidad piensa mejor que el individuo aislado.
Sin embargo, como no estamos seguros a qué se refieren cuando hablan de reflexión colectiva, cabe recordar que con la llegada de la Ilustración aparece el concepto de la razón pública como legitimidad, que suena parecido pero no es lo mismo.
En la modernidad, con autores como Kant o Rousseau, aparece otra idea: la legitimidad política depende de que las decisiones puedan justificarse públicamente.
La “voluntad general” no es suma de opiniones, sino algo construido deliberativamente.
Aquí la reflexión colectiva se convierte en el mecanismo que da legitimidad a las decisiones, no solo información.
Pero ya aparece una tensión: ¿es participación o construcción de consenso?
Y luego tenemos la idea más reciente, la de Jürgen Habermas y su teoría de la acción comunicativa, que consiste, resumiendo, en que la política debería basarse en deliberación racional entre iguales, el mejor argumento, no el poder, debería decidir y la “esfera pública” es donde la sociedad reflexiona colectivamente.
Pero hay una condición clave: solo funciona si la comunicación no está distorsionada por poder, dinero o manipulación institucional.
Vamos, que lo explicó muy bien Michel Foucault cuando expresó que el poder no solo reprime, sino que organiza lo que puede decirse y pensarse.
Las “consultas”, “mesas sectoriales” o “espacios de participación” pueden funcionar más como producción de legitimidad, gestión del conflicto o canalización controlada de la protesta.
Es decir, para que lo entienda cualquiera: que la mejor manera de tener achantada a la población es dejarle participar de una farsa, donde se le concede el privilegio de formar parte de un conjunto de acciones en apariencia emancipadoras del poder establecido, pero que en realidad no son más que la estética del poder ejercido con guante de seda.
En estos casos, y ya que hoy me he arrancado con la filosofía como vehículo conductor de mis desbarres, voy a recordar a don Gustavo Bueno, nuestro último gran filósofo, cuando decía aquello de que hay que definirse, señores, porque si no somos capaces de definir los términos en los cuales vamos a conducir el debate, no hay nada de qué debatir, porque lo que para unos será A, para otros será B e incluso será C para otros tantos. Y así es imposible.
Me pregunto, pues, qué entiende el PP por reflexión participativa. Pregunta retórica, porque la respuesta me la sé, sin necesidad de pedir el comodín del público, la llamada ni el del 50%.
Aunque el guante sea de seda, la mano que lo cobija con hierro golpea.



