
Así hemos normalizado el deterioro de lo público: la sociedad de la tapa rota
¿Y los ciudadanos? ¿Qué pasa con nosotros? Nos hemos acostumbrado a convivir con la desidia, la vulgaridad, el feísmo, el deterioro constante de lo público, cada día más ostensible y que nos ha llevado a asumir que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera.
¿Cuánto tiempo tiene que pasar desde que se comunica un desperfecto en la vía pública hasta que se solucione?
Hay veces que los responsables políticos no tienen la culpa de que las incidencias que ocurren dentro de su ámbito de competencia no se solucionen, porque no pueden tener ojos y oídos en todas partes.
El problema viene cuando sí se les comunican las incidencias y estas, en vez de solucionarse, pasan a ser «como de la familia»: un elemento cotidiano más, como el banco del jardín, el semáforo o el paso de peatones en un cruce, etc.
Querría dar por supuesto, apelando a la buena fe, que los políticos se implican; avisan a quien competa para que los problemas se solucionen y hacen un seguimiento de cada asunto hasta que se le pueda dar carpetazo satisfactoriamente.
Y que el sistema tiene errores, como es lógico. Nada es perfecto ni infalible.
Por eso el asunto es averiguar por qué hay problemas que parecen irresolubles, como el caso de esta tapa de registro de telecomunicaciones —si me equivoco y es de otra cosa, perdonen mi ignorancia; acepto encantado cualquier corrección—, que lleva en este estado desde noviembre de 2025 como mínimo, y cuya peligrosidad para los viandantes es manifiesta, estando además a escasos centímetros de la entrada de un edificio, por donde transitan madres con carritos de bebé o cualquier vecino con el carro de la compra, etc.
La cosa va de entender por qué, si se ha dado aviso de forma fehaciente a quien corresponde, el problema no se soluciona. Y no hablamos de haberlo notificado una vez hace escasos días, sino de varios avisos, prolongados en un espacio de tiempo de más de un mes entre el primero y la fecha de este artículo.
Y, créanme —y si no, es su problema—, que no me nace la intención de señalar a nadie y ponerlo en la picota. Pero es que no termino de entender qué imposibilita sustituir la pieza rota por una en buen estado. ¿Me lo puede explicar alguien?
¿Será problema de presupuesto? Pregunto. ¿Pagamos pocos impuestos? ¿Qué es lo que está fallando?
¿Y los ciudadanos? ¿Qué pasa con nosotros? Nos hemos acostumbrado a convivir con la desidia, la vulgaridad, el feísmo, el deterioro constante de lo público, cada día más ostensible y que nos ha llevado a asumir que las cosas son así porque no pueden ser de otra manera.
No estoy hablando del problema de un elemento dañado en una acera de una calle de Beniaján que no termina de solucionarse, sino del síntoma que nos alerta de algo más grave: la absoluta dejadez o falta de respeto hacia nosotros mismos, elija usted la opción que más le guste.
Porque los ciudadanos hace mucho tiempo que no podemos culpar al político de turno; este o aquel, de este partido político o de aquel otro, sino que somos culpables por permitir(nos) aceptar como inevitable un estado de las cosas donde reina la ineficiencia, por no usar un adjetivo más grueso.
Basta dar un paseo por las calles de Beniaján, de El Bojar, Rincón de Villanueva, La Azacaya y El Secano para comprender que el problema no es una tapa rota en una acera, sino que, si encontramos elementos en la vía pública que no estén deteriorados —y en algunos casos hasta el punto de que se nos tendría que caer a todos la cara de vergüenza—, estos constituyen la excepción dentro de la regla.
Y de esto no culpo —solo— a los políticos. Porque los políticos funcionan por el incentivo de ganar elecciones, no de solucionar problemas. Por eso, mientras las sigan ganando —municipales, autonómicas y generales—, mientras sigan asegurándose de que cada cuatro años renuevan la puesta de sus culos en los sillones del poder, ande yo caliente y ríase la gente, que para estas y otras cosas el refranero español es mano de santo.
Y así vamos, que tienen que pasar meses para solucionar una incidencia que no tendría que pasar de horas desde que se comunica a los responsables de subsanarla.



