
Reflexiones para el pedáneo de Beniaján
Aquel que no rinde cuentas a su conciencia, se convierte en esclavo de su engaño.
El alcalde pedáneo de Beniaján no puede excusarse en la supuesta inquina personal de un ciudadano hacia su persona para justificar sus problemas en el ejercicio de la política, y menos a espaldas de ese ciudadano hablando mal de él. Disputas personales por cuestiones políticas las ha habido siempre, pero cuando son en desigualdad de fuerzas, corresponde al cargo público medir su lengua, sobre todo en un pueblo pequeño, donde todo termina sabiéndose. Y porque el exceso lenguaraz suele llevar a soltar tonterías ante foros no tan amigos como uno cree.
Esparcir a los cuatro vientos que una ola de rechazo a su gestión política, en un tema tan delicado como es la seguridad ciudadana, máxime cuando el propio pedáneo había manifestado públicamente haber sido «víctima de fuego amigo», es por culpa de un ciudadano con su nombre y apellidos, denota que no se tiene mucho que aportar intelectual y moralmente al mundo. Y aunque para ejercer de pedáneo ya sabemos que no se exige otra cosa que el carnet de partido, que es mucho menos que lo que le piden al más humilde de los funcionarios, que al menos tiene que superar unas pruebas muy sencillas —un test de cultura general, normativa básica o ejercicios prácticos relacionados con las tareas del puesto—, cierto es que, por funcionalidad en el desempeño de su cargo, tendría que exigírsele algo más que ser un genuflexo a unas siglas políticas y mostrar un mínimo de ética: «No darás falso testimonio ni mentirás» (Éxodo 20:16 / Deuteronomio 5:20), aunque a mí la cita que más me gusta es «Aun cuando el necio va por el camino, le falta cordura, y a todos hace saber que es necio» (Eclesiastés 10:3).
La Santa Madre Iglesia, de quien es devoto nuestro pedáneo, nos ha dado grandes pensadores que, al respecto de la prudencia, han dejado enseñanzas que no deberíamos olvidar, aunque algunos, lo que tendrían que hacer es probar a abrir un libro en su vida y aprender. No muerden. Así, por ejemplo, para San Agustín la «prudencia es el recto juicio sobre lo que se ha de hacer y sobre lo que se ha de evitar, guiado por la caridad». Y para Juan de Mariana, la prudencia es clave en la vida pública y privada, porque sin prudencia, el poder y la virtud se corrompen.
Esconder la verdad todo el tiempo y a todo el mundo es una labor de ingeniería enorme, mayor que los doce trabajos de Hércules. Hay que ser un genio para conseguirlo. Pero la condición de genio escasea. Claro que no cabe descartar que, en el caso de nuestro pedáneo, estemos ante esa rareza propia de Newton, Einstein, Marie Curie, etc.
Otra virtud, que parece más rápida y por tanto esquiva a nuestro pedáneo, es la firmeza en la palabra, esa lealtad que mantiene coherente el relato sin ceder a la variabilidad ni al capricho. Y es que servidor no se aclara entre tanta acusación pedánea; que lo mismo he sido el toro que mató a Manolete, que Caín en su celoso furor, que David urdiendo la muerte de Urías, o incluso Judas vendiendo al Maestro por unas pocas monedas…
Y entre tanto, el pueblo patas arriba. La casa sin barrer. El «Emosido engañado» como justificación para no desanclar los piños de la barandilla y caerse al vacío de la dimisión honrosa. Y un chivo expiatorio, que no falte. La vieja España de pandereta que se resiste a morir, aunque ya esté muerta y huela a descomposición que tira para atrás.
Y yo entre medias, como Job, soportando sus pruebas… descojonándome.



