Merendona-repelé De La Pascua de San Antón en El Bojar 2026
La Merendona-Repelé de la Pascua volvió a reunir este domingo a los vecinos del barrio de El Bojar, en Beniaján, en torno a una tradición que combina convivencia, historia y cultura popular. Nacida del hábito de aprovechar los dulces y restos de la Navidad —de ahí el nombre de repelé—, esta merendona se celebra cada año en la zona alta del barrio, junto a la ermita.

La edición de este año tuvo un significado especial: por primera vez, la Comisión de Fiestas incorporó un homenaje a dos vecinos fallecidos, Anselmo Alonso y Carmen Muñoz Sánchez, conocida como Tía Mina, rescatando así la memoria de quienes han contribuido activamente a la historia del barrio y cuyo recuerdo podía perderse de no ser por iniciativas como esta, que dicen mucho y bien de los vecinos y vecinas de El Bojar. Para ello, el cronista de Beniaján, Gabriel Nicolás, a petición de la Comisión de Fiestas, llevó a cabo un minucioso trabajo de recopilación historiográfica, contactando con familiares y amigos de los homenajeados, recogiendo fotografías y testimonios, y redactando sendas biografías, que él mismo se encargó de leer a los presentes en la Merendona-Repelé. Un trabajo realizado con gran respeto y cariño que emocionó a todos, dado que Gabriel Nicolás no solo honra el cargo de cronista oficial de Beniaján con su implicación absoluta por la difusión de nuestra historia, sino que además lo hace desde una humildad y calidez humanas de las que es imposible no impregnarse.
Tras la excepcional presentación de Gabriel Nicolás de los homenajeados, se dio paso a la música y los bailes tradicionales, cuyas muestra se puede ver en EL vídeo adjunto a esta noticia y en otros que hemos compartido en nuestro canal de YouTube.
El encuentro continuó con un rato de convivencia, en el que los asistentes pudieron disfrutar de café de puchero, dulces caseros y tertulias, recordando tiempos pasados, compartiendo anécdotas y fotografías antiguas, y reforzando los lazos entre vecinos. Una jornada entrañable, cargada de tradición, memoria y comunidad, que confirma el valor de mantener vivas estas celebraciones y de reconocer la labor de quienes han dejado huella en la historia de El Bojar.
Y para que el trabajo tanto de la Comisión de Fiestas como de Gabriel Nicolás, incentivando el homenaje a Anselmo Alonso y Carmen Muñoz Sánchez, se difunda y ponga a disposición de todo el mundo, han tenido a bien permitir a Beniaján al Día reproducir las biografías que Gabriel Nicolás leyó a los asistentes, recordando que, si bien su labor es altruista y nunca lo suficientemente reconocida, la autoría intelectual le pertenece.
Esperemos que esta iniciativa se consolide, por el bien de la memoria colectiva de las gentes de El Bojar, un barrio que entiende el valor de preservar su cultura y tradiciones. A continuación reproducimos el hermoso trabajo de Gabriel Nicolás.
BIOGRAFÍA DE ANSELMO ALONSO
La vida de Anselmo Alonso bien podría servir de argumento para una película. Nació el 14 de febrero de 1933, pero lo hizo accidentalmente en Segovia, donde le sobrevino el parto a María, su madre, estando de viaje. La familia era del norte, de Bilbao, ciudad en la que el padre, Anselmo Alonso Rullant, ejercía como capitán del ejército en el cuerpo de Telecomunicaciones. Allí, en el País Vasco, les pilló la guerra civil y en 1937, con la caída de la capital vizcaína, madre e hijo tuvieron que exiliarse: primero a Amberes, en Bélgica; después a París, huyendo del nazismo. Fueron años duros y en la distancia, en los que siempre dieron por muerto al padre… pero no era así: consiguió sobrevivir; eso sí, encarcelado siete largos años.
El reencuentro al volver a España no mejoró las cosas, con un cabeza de familia exconvicto, republicano y depurado. Es cuando deciden buscar apoyo y red familiar en el único lugar en el que les quedaban parientes: Beniaján. Aquí precisamente se encontraba establecido un hermano del padre: don Bernardo Alonso Rullant, destinado a nuestro pueblo como reputado jefe de la oficina de Telégrafos. Cuando Anselmito llegó a Murcia, apenas tenía 14 años. Por sacar algún dinero, en Beniaján empezaron a dedicarse al estraperlo. Y de ahí, vino luego la aspiración comercial, montando el padre una primera tienda junto a su sobrina Encarna Alonso en la Carretera de El Palmar.
Cuatro años después, con la ayuda de su entorno, Anselmo lograría seguir los pasos profesionales del padre, trasladándose a Madrid para ingresar en el ejército y estudiar Telecomunicaciones. Será en lo que cimente su futuro laboral, pues acabaría trabajando finalmente para Telefónica.
Mientras todo aquello ocurría, el joven Anselmo ya había hecho suyo el pueblo y rondaba a una muchacha del corazón castizo beniajanense: Lola Soriano Martínez, hija de José y Mariana, «de los Rijas». Era una de tantas aquellas mozas que trabajaban en los almacenes de exportación, pero ella fue la que lo embelesó con su gracia y simpatía natural. El hecho de que Lola fuera hija de Mariana, gran amiga de la recordada Modesta Quereda, facilitó que la pareja pudiera comprar una parcela en El Bojar para levantar su casa. Y a la hora de adquirir los materiales, les vendría muy bien todo el dinero conseguido en sus años como trabajadores emigrantes en Francia; a ellos, como a tantos otros de su época, les tocó faenar fuera del país en más de una temporada.
Pero en este caso, por haber vivido allí durante el exilio y saber hablar fluidamente el francés, el país vecino siempre fue un lugar donde Anselmo se sentiría cómodo… y también feliz, pues entre otras cosas podía practicar una de sus aficiones, poco o nada habituales entonces en nuestro país: el rugby. El caso es que, al subir la cuesta a la izquierda, junto a la de Modesta, la construcción de la casa de los Alonso Soriano iría tomando forma. Allí nacieron y crecieron las dos hijas y el hijo del matrimonio. Y será en ella donde el padre de Anselmo conviva con la pareja y decida consolidar su trayectoria como comerciante, montando otra tienda que atendería ya junto a su nuera Lola.
Aquel comercio terminó convertido en referencia para todo el vecindario, no ya como establecimiento donde comprar lo necesario cada día, sino por ser enclave de reunión y tertulia, donde apareció el primer teléfono del barrio y la primera televisión. Un lugar donde se cultivaban las relaciones cercanas, especialmente con Pepita y Teresa (las hijas de Modesta), al igual que con Maruja, criada en aquel mismo rincón donde la vecindad derivaría en familia. Maruja recuerda, por ejemplo, que era el teléfono de la tienda la única manera que ella tenía de comunicarse con sus padres, que estaban en Alicante… y que cuando Anselmo la veía salir llorando tras la conferencia, preocupada por ellos, no se contentaba con consolarla; también la llevó a verlos en su motocarro en más de una ocasión.
Es precisamente desde el ámbito de la solidaridad, quizá por haberla recibido en su día como niño de la guerra, de donde debió emanar el apoyo que siempre trató de ofrecer a personas de su entorno que vivían en la clandestinidad por motivos políticos; o ese afán por crear conciencia social del que haría gala Anselmo Alonso en su vida adulta, consciente de que la unión y el consenso otorgan mucha más razón que fuerza. Esas virtudes suyas, que hoy tanto seguimos necesitando y que reconocemos claramente en él, eclosionarían sobre todo con los años de la transición, en los que el resurgimiento del asociacionismo y del movimiento vecinal se convertiría en revulsivo para muchos pueblos y ciudades de nuestro país. También para Beniaján y El Bojar.
El ejemplo más palpable sigue ahí, a la vista de todos. Corrían los años setenta… y Anselmo fue quien adquirió a Modesta, gracias a esa preferencia amistosa y familiar que les unía, el solar destinado a cubrir una necesidad fundamental que tenía el barrio: un centro social. También pidió el préstamo para poder iniciar su edificación, adelantando un dinero que luego le abonó el ayuntamiento. Aquel primer local, anterior a la construcción del Ecomuseo y del Centro de Mayores que hoy ocupa la misma parcela, terminó siendo un logro vecinal colectivo sin precedentes que tuvo otros protagonistas: toda la barriada en realidad, disfrutando de sus instalaciones sencillas, pero dignas, en tantísimas fiestas y celebraciones a lo largo de los años que estuvo abierto. Forma parte, sin duda, de la memoria de todas las familias de El Bojar.
La inquietud y el espíritu agitador de Anselmo llegó también a Beniaján en su conjunto, formando equipo con Rafael Sánchez, Roberto Sola, Ana Mª Roca y tantas otras personas enfrascadas entonces en conseguir equipamientos y mejoras para el pueblo a través de la Asociación de Vecinos: desde la apertura de un nuevo ambulatorio, a la instalación de alcantarillado y agua potable en las viviendas, o la reparación de las escuelas. Desvelos y luchas vecinales todas ellas que acabaron, casi siempre, en triunfos compartidos sobre los que se cimentan muchas de las infraestructuras y servicios de los hoy seguimos disfrutando.
Tampoco dejó de ser sensible durante toda su vida a la vulnerabilidad de la infancia en los conflictos bélicos, la misma que él mismo padeció en primera persona. Así, promovió la acogida en España de niños del Sahara o procedentes de los antiguos estados de la URSS, trayéndose a Murcia por temporadas a algunos de ellos. Oxana y Oleg fueron dos que echaron finalmente raíces en nuestra tierra.
Su entorno inmediato lo recuerda cercano y divertido, muy familiar. Él y su mujer, Lola, presumían de ser viajeros y disfrutones de la vida, de saber gozar con cualquier pequeño acontecimiento, compartiéndolo con sus hijos y nietos siempre que podían. También con sus vecinos durante tantos años en El Bojar y después, tras comprarse una nueva casa en Monteazahar, con mucha otra gente del pueblo, destacando la profunda amistad que mantendría con Joaquín Ballester. Y nunca dejó de subir a menudo al centro social del barrio, incluso hasta poco antes de su fallecimiento, que ocurriría el 28 de octubre de 2005.
Cuentan que, durante las conversaciones, se le veía golpetear el dedo lo mismo sobre una mesa que al aire; lo que hacía de manera inconsciente era transmitir telegráficamente las palabras y frases que escuchaba, atrapado por el instinto vocacional de telecomunicador que atesoraba, heredado de su padre. Todo un personaje Anselmo Alonso de San Nicolás, grande y corpulento por su naturaleza vasca, cercano y accesible por su talante de buen vecino. Su memoria y su legado ha quedado entre nosotros, como ejemplo de vida y de servicio a los demás.
BIOGRAFÍA DE CARMEN MUÑOZ SÁNCHEZ «TÍA MINA»
La biografía de esta homenajeada discurrió siempre entre vecinos y familiares, en un universo local y doméstico que constituye en realidad el motor de la vida cotidiana ; esa que por habitual, a veces olvidamos que es la más importante. La casa en la que vivió los 79 años que le brindó el destino, era de las primeras que te encontrabas nada más cruzar el puente de la rambla, a la izquierda ; lo mismo que sus cariñosos saludos, que también eran los primeros que recibías cuando ibas de subida, o los últimos que te llevabas cuando volvías de bajada. Su puerta, una parada de costumbre para cualquier vecino de El Bojar, un lugar donde recobrar fuerzas y seguir el camino con una sonrisa.
Cuando hablaban de ella, por Carmen Muñoz quizá pocos la identificaban… pero era decir la Tía Mina y todos la conocían. Lo de Mina le vino por el marido, Antonio Martínez Cárceles, a quien le decían el Tío Mino… pero de los tres hijos que tuvo la pareja, Rafael, Encarna y Antonio, solo el menor terminó heredando el apodo. Los hijos se quedaron a vivir en casas inmediatas a la de los padres, comunicándose por detrás, lo que haría de la convivencia entre todos ellos una suerte prolongada.
Cuentan que en aquel mismo lugar, la Tía Mina y el Tío Mino regentaron durante un tiempo un ventorrillo de los de mostrador pequeño y amplia clientela, de los que servían chatos de vino y torraos bajo las ramas de la vetusta higuera que daba sombra a la puerta. En los poyetes y en alguna que otra mesa, echaban los hombres su partida ; y detrás, en el patio, tenía hasta un juego de bolos de los que ya casi no quedan en toda la huerta. En ese patio era donde la familia hacía sus matanzas anuales, ritual que proporcionaba sustento para una buena temporada, haciendo gala del dicho popular de que «del cerdo se aprovecha todo, hasta los andares». Y con el embutido, nada mejor para acompañar que el pan que la propia Carmen amasaba y llevaba a cocer en una tabla sobre su cabeza, mano en jarras, hasta el cercano horno de Vicente o al de Martínez Vidal.
A la buena mano con la cocina, se sumaba la destreza para la costura, sabiendo hacer lo mismo bolillo que punto, además de zurcidos propios de cirujana, de aquellos con los que se alargaba entonces la vida útil a cada pieza de ropa. Y más allá de su hogar, la Tía Mina trabajó también muchos años en los almacenes de exportación, en La Tana sobre todo, empaquetando naranjas. La estampa de esa mujer dispuesta a todo, no podía ser más auténtica. Ni más verdadera, como su palabra. Siempre directa y sin ambages.
Además de buena y generosa, de la Tía Mina cuentan que fue una avanzada para su tiempo: disfrutaba del placer de leer, sabía escribir y, sobre todo, se le daba de maravilla narrar historias. Pero contaba además con un don especial, que era el de recitar poesías que ella misma se inventaba al instante, cual trovera. Nunca nadie le vio un papel con anotaciones, jamás un apunte con el que seguir la rima. Carmen lanzaba los versos que le dictaba su creatividad y los acompañaba de emoción nacida del alma, combinación que resultaba aún más sublime cada mes de enero, cuando a su puerta engalanada llegaba el trono de San Antón en su desfile procesional. Muchos recordarán que acababa su pregón con una retahíla de peticiones al santo, en las que no se olvidaba de nadie ; y el Tio Mino era quien acostumbraba a rematar el momento con el disparo de una traca a modo de estruendosa despedida. El acto terminó convertido en uno de los momentos más esperados de los festejos, entusiasmando a la nutrida concurrencia.
Aquellas composiciones tan suyas, por cierto, igualmente las desgranaría Carmen en ocasiones desde algún balcón de la Calle Mayor de Beniaján al paso de los tronos de Semana Santa. Y esa misma imagen de San Antón, la que se venera todo el año en la iglesia de El Bojar, precisamente fue comprada entre otras por ella para que el barrio tuviera patrón al que homenajear en las fiestas. Era creyente, profundamente cristiana… pero también una devota de la diversión y de la jarana.
La recuerdan sus nietos saliendo a cantar el aguilando cada Navidad por las casas, siempre ataviada con delantal, cuyos bolsillos iba llenando de los dulces que se ofrecían en cada casa con tal de endulzar a la vuelta los paladares de su prole. Era también una asidua a las merendonas, aquellas que llenaban de corros y de familias la serrana pinada de Don Adrián como cierre de la Pascua. Y colaboró cuanto pudo en sacar adelante los festejos del barrio, quién sabe si por alargar aún más ese tipo de celebraciones que tanto le gustaban: las que invitan a compartir diversión y gastronomía al son de la música más tradicional. Hubo un año que le hizo trajes de huertano a todos los suyos, para que salieran bien ataviados en el desfile que se sigue organizando como parte del programa. Y a su nieta mayor, Carmen, le compró todo lo necesario para vestirse de manola en la procesión del santo… una costumbre que ella ha querido mantener desde entonces en memoria de su abuela.
Las fiestas de 1996 fueron las últimas que vivió la Tía Mina. Postrada en la cama, ya no pudo salir a piropear al patrón del barrio ; pero fue San Antón el que se asomó esa vez desde la peana, aupado por los portadores, al ventanal de su cuarto. Los labios de Carmen musitaron entonces una oración callada, seguro que pidiendo por todos como en tantas otras ocasiones… pero haciéndolo también por ella, sabiéndose al final de sus días. La vida se le apagó, pero su llama cálida y amable quedó encendida para siempre en el recuerdo de quienes disfrutaron de su talante, de su ingenio y de su arte.
Agradecimientos
A Gabriel Nicolás, cronista oficial de Beniaján: por su impecable labor y por las emotivas palabras dedicadas a los homenajeados, además de por el permiso que nos ha concedido para publicar aquí su trabajo.
A las familias de Anselmo Alonso y Carmen Muñoz «Tía Mina»: por abrirnos sus recuerdos y permitirnos conocer estas valiosas biografías.
A los vecinos de El Bojar y a su Comisión de Fiestas: por mantener vivo el espíritu de comunidad que tanto defendieron nuestros protagonistas.
PROGRAMA COMPLETO DE LAS FIESTAS DE SAN ANTÓN AQUÍ