Primero el 1 y después el 2, MurciaLAB
Convencer en tiempos de sugestión: la paciencia y el deber de los idiotas
Para aquellas personas que viven en la inmediatez y miden el éxito por su instantaneidad, la concentración de este pasado sábado 29 de noviembre en el Palacio de San Esteban, organizada por el colectivo MurciaLAB en defensa de un transporte público de calidad para todos, ha tenido que ser un rotundo fracaso. Pero quienes viven en esa inmediatez desconocen el principio básico que dice que «primero el uno, y después el dos».
Lo que esta buena gente ignora es que alguien tiene que ser el primero y colocar la primera piedra. Luego viene todo lo demás, que, referido a movimientos ciudadanos, apareja complejidad y tiempo. No sacas, así como así, de sus trece a la población acostumbrada a vivir rezagada respecto de sí misma. Por eso, allí, donde la mayoría ve fracaso, o simplemente no ha visto nada —convenientemente cegada por su miedo a ver—, he percibido la chispa que insufla vida a lo que merece la pena ser vivido.
Aunque tal vez me deje guiar por reminiscencias idealistas; por aquel candor de juventud que me permitía soñar con cambiar el mundo y que pugna por regresar, acaso por aquello de que, llegando a la vejez, nos convertimos en niños otra vez. No lo sé. Pero a mí el cuerpo sí me pide marcha, hacia el abismo llegado el caso, y apuntarme a este carro que no sé ni quién lo conduce, ni falta que me hace.
Porque las personas necesitamos creer en algo; tener un propósito en la vida que nos ofrezca una mínima coartada que justifique el porqué estamos aquí. Y cada uno debe escoger su banderín de enganche y sus manías. Defender en el Ayuntamiento de Murcia causas justas, yendo a contracorriente de lo establecido, no me dirán que no le apetece a cualquiera que se sienta con vida, pletórico, con ganas de ir a por más y aquí, me las den todas.
Solo hace falta un loco para mostrar al resto que los locos son ellos. Al mundo nunca lo ha cambiado la masa, convengamos.
Convengamos también en que la tarea es titánica, para no dibujar un escenario prometedor que no se vislumbra a corto y medio plazo. Convencer es mucho más complicado que sugestionar, sobre todo cuando el que sugestiona tiene todos los medios para ello, mientras que quien pretende convencer se basa en la explicación de la realidad.
Desde los griegos sabemos que la realidad es un concepto altamente peligroso cuando se maneja con honestidad, porque aísla a quien la ve, genera conflicto social e implica un esfuerzo constante para sostener la visión de la verdad y resistir la cómoda tentación de volver a la ilusión de las apariencias. Los griegos, por cierto, tenían una palabra para distinguir a quienes se desentendían de lo público: idiota. Y otra para distinguir a quienes se preocupaban de lo público: ciudadano.
Hoy, sin embargo, aquellos que se desentienden de lo público llaman idiotas a quienes se preocupan de lo público. Por eso, la visión que debieron tener de los ciudadanos que nos concentramos el pasado sábado bajo el banderín de enganche de MurciaLAB es la de un grupo de idiotas. Para esta buena gente, ciudadanos son aquellos que pierden la compostura para colocarse en primera fila para ver cómo encienden el árbol de Navidad un 28 de noviembre. No los culpo. Quien nunca ha estado afuera de la caverna, solo creerá en la sugestión de las sombras. Somos «los idiotas» quienes tenemos el deber cívico y moral de alejarlos de ellas. Y eso lleva su tiempo.
Paciencia, pues. Primero el uno, y después el dos, MurciaLAB.
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