De faraones a concejales: la epopeya de las obras menores
Hubo un tiempo en que los políticos al menos mantenían cierto decoro y escogían muy bien sus apariciones públicas. Hoy, con la presencia de las redes sociales marcando el ritmo cotidiano, la principal labor del político que ejerce cualquier cargo es la de estar todo el santo día en el candelero: foto para arriba y declaración para abajo.
Subirse al coche oficial, séquito de reporteros, fotógrafos y adjuntos al cargo mediante, desplazarse aquí o allá para anunciar al mundo que se está realizando un trabajo tan importante como la construcción de 25 metros lineales de acera (leer aquí) —que además se paga el metro cuadrado a más de 100 euros, que se dice pronto—, y tirar otra vez para el siguiente punto publicitario, o para el despacho a escribir en X, Facebook o Instagram, es el trabajo que realizan hoy los concejales del equipo de gobierno de nuestro ayuntamiento de Murcia.
Y, como la oposición no tiene acceso a semejante despliegue de obras a su favor, para intentar empatar en lo de ganarse el favor del votante, no tiene más remedio que seguir el juego del político ambulante, cámara en mano, escuderos detrás y queja va y denuncia viene de lo mal que está todo.
Así nos encontramos con esta nueva manera de tomarnos por imbéciles a los ciudadanos, aunque cabe reconocer que hay ciudadanos que lo ponen a huevo.
En cualquier otro momento, servidor se estrujaría los sesos intentando escribir un artículo de opinión sesudo, con citas de grandes pensadores, buscando entrar por lo intelectual en las mentes de mis semejantes para advertirles del peligro que supone tener a nuestros representantes en campaña electoral permanente, vendiéndonos como éxitos sin igual que el equipo de mantenimiento de parques y jardines se ha dignado a limpiar las selvas —perdón, las hierbas— que se acumulan en nuestras calles y jardines. Pero hace tiempo que me he dado cuenta de que no se puede jugar con la ilusión del respetable; que estas acciones, que van de suyo con los impuestos que pagamos, hoy son recibidas entre vítores, con un «gracias, señor alcalde, por haber limpiado la acera» y demás hitos que empatan con los de los faraones de Egipto y la construcción de las pirámides.
Hay que tenerse en muy baja estima para reírle las gracias a esta generación de incompetentes —perdón, de políticos—. Y es más doloroso en tanto que presumimos de ser una sociedad «estudiada» y de que no nos la dan con queso.
O ser muy gilipollas. Ya me entienden ustedes.