Birakolore en Beniaján: La esperanza que el pueblo mató de apatía
El día que Beniaján se convirtió en un aula de vida y el silencio de la mayoría lo hizo más evidente
El futuro hermoso se cultiva en presente
Justamente ahora que no se para de hablar de la dispersión de la atención debido al uso excesivo de las redes sociales; de que no paramos de protestar —sin hacer nada por cambiarlo— por la irrupción de las «inteligencias artificiales» en nuestras vidas, coloreando de artificialidad nuestro día a día, el poder disfrutar este pasado sábado en Beniaján de Birakolore —en sesión doble, mañana y tarde— nos abría una ventana de esperanza a un futuro más humano que, desgraciadamente, no hemos sabido aprovechar.
Tal vez el sino de estos tiempos sea la búsqueda del entretenimiento efímero y el voyeurismo participativo, asumiendo que el hombre ya no nace, crece, se reproduce y muere, sino que es fruto de una esmerada planificación para ser traído al mundo, amaestrado y usado como combustible de un mercado que necesita consumirnos para poder crecer y, finalmente, desecharnos.

«Soy un suspiro con ganas de vivir» o «una persona nunca es tan grande como cuando se agacha para cuidar una planta» son algunas de las enseñanzas impresas en semillas de ilusión que los niños —de todas las edades— que nos acercamos a disfrutar de Birakolore hemos recibido a cambio.
El espectáculo, sencillo en apariencia, pero dotado de la fuerza vital que aporta la madre naturaleza, constituye un cortafuegos contra el incendio que calcina nuestras vidas de estrés, tiktokers, influenciadores en redes sociales y estupideces de igual jaez.
Y, como siempre ocurre en Beniaján —y, en general, en cualquier otro lugar de España—, al llamado del sosiego y de una lección de vida, el pueblo ha respondido con absoluta indiferencia.

Unas 80 personas disfrutaron del pase matutino, entre adultos y niños, y tal vez medio centenar en la sesión de tarde.
¿Para qué explicar, pues, en qué consistió lo que a la inmensa mayoría no le interesa? Pues para hacer justicia a quienes entienden que no hacer nada para enseñar a los niños valores positivos y enseñanzas de vida no es la opción adecuada.
Basta que un solo niño o niña entienda el mensaje, que comprenda que en la vida hay que sembrar para recoger, que todo es un ciclo que obedece a leyes naturales y que hay que hacer el esfuerzo de dar para recibir para que haya valido la pena.
Un espectáculo subversivo, vaya.
Tal vez por eso la inmensa mayoría de padres, madres, abuelos y abuelas haya querido proteger a sus descendientes de tan peligroso acto, no sea que los califiquen de insurgentes y el sistema los castigue.
Una lástima por ellos. Y por todos nosotros.